Un Renault Scenic dobló por Maipú para agarrar J.D. Perón. Dobló en amarillo y por el atasco “normal” que se da a esas horas en el Centro porteño, quedó detenido, cruzado, sobre la senda peatonal. La gente tenía que cruzar por cualquier lado, menos por donde debería poder haberlo hecho.

Yo cuando es así trato de golpearle el foco con el bolso (que es rígido y lo hace sonar a roto). O si cuando estoy cruzando, alguien que por querer doblar me tira el auto y no me da paso, inevitablemente se comerá de mi parte, como al pasar, una patada en la puerta, en la llanta o donde llegue a darle. Si tengo las llaves a mano, un rayón que va desde la puerta trasera hasta el final de la cola. Así rayé un Mercedes Benz negro cruzando la 9 de Julio. Sólo tenés que agarrar rápido la llave y apoyarla sobre la carrocería haciendo presión. Del resto se ocupa la dinámica. Quedó horrible la raya. Pero quedó bien. ¿Y si me atropellaba? Espero que le haya servido de lección. Si tenés para un Mercedes, tenés para el chapista. Si el Mercedes no era tuyo, entonces que dejen de prestártelo antes de que mates a alguien por manejar así. O mejor, que en lo posible no manejes más, inconciente!

Hoy aquel Scenic había quedado mal. Y una señora tuvo que cruzar esquivando autos que avanzaban rozándole los codos. La señora se enojó:

-Mirá dónde estás! Mirá dónde estás!

El hombre del Scenic, de pelo corto aplastado, peinado como dibujando ondas bien sinunosas sobre el cráneo y de look mojado, teñido de rubio, un cutis impecable, unas manos delicadas, seguramente muy suaves, no bajó la ventanilla, pero también supo contestar a los gritos. Nadie supo qué dijo, pero todos vimos a través del vidrio sus ademanes poco masculinos, casi gays, por qué no decirlo. La vieja seguía, como un CD rayado que repite siempre los mismos dos segundos:

-Mirá dónde estás! Mirá dónde estás!

Paraba además en esa esquina un vendedor de ajos, de esos que llevan una tira gruesa de ajos como entrelazados colgando del cuello hasta la cintura, tira que de sólo verla nos hace pensar que debe pesar veinte kilos, y qué suerte que existe el Axe. ¿Cómo se llama el que vende ajos, ajero? Quién sabe. El vendedor de ajos, aburrido de no venderle un puto ajo a ningún puto oficinista que transita por esas esquinas, decidió agregarle emoción al momento y sumarse a la discusión. Pero no para atacar al rubio en forma directa, sino dando apoyo logístico a la vieja. Pasándole libreto. Se le acercó a la señora y le dijo, le susurró al oído, yo pude oirlo porque justo pasaba por al lado:

-Maricón, es maricón.

Y la señora se destildó, o mejor dicho, agregó un tic más a su furioso discurso:

-Maricón! Mirá dónde estás! Maricón!

Yo ya estaba a cincuenta metros y entre motores seguía escuchando el “Maricón!” de la mujer, que había sido dictado por aquél revlotoso aunque sombrío vendedor de ajos del centro. La discusión debe haber durado hasta que por fin el maraca pudo avanzar y huir de esa vieja desquiciada.

O los desquiciados somos nosotros. Yo, por ejemplo, que seguí caminando y por tres cuadras me seguí riendo solo, sin poderme contener, pensando en la espontaneidad mágica, casi digna de Almodóvar, del cuadro que había presenciado. Tuve que fingir que hablaba por celular para no quedar como un loco.