Resentimientos y personalidades trastocadas en la enferma búsqueda de una felicidad que no llega, que sólo se dibuja en sueños. Porque estamos acostumbrados a llamar a las cosas por su nombre y dejar que así nomás se las lleve el viento, sin ver la belleza que se esconde tras las cosas. Y en ese constante devenir de frustaciones inevitables, lo único que hacemos es caer más hondo. Y renunciaremos a las ataduras, quebrantaremos las reglas, haremos añicos contra la pared la porcelana de la sociedad de consumo. Autoconvencernos de que no somos víctimas, cuando ni siquiera somos capaces de identificar al predador. Seremos tan obsesivos que lo grabaremos todo para confeccionar archivos perfectos e impenetrables. Y así el frío horrible de la soledad nos abrazará cada vez que lloremos por los otros que nos defraudan. Y sólo podremos confiar en nosotros mismos. Únicamente en nosotros mismos. Perder aquello que nos inspira a seguir vivos. Faltará el amor y estaremos locos, muertos o vencidos.
Junio 9, 2007 at 5:12 pm
Quiero cambiar de sistema: no desenmascarar más, no interpretar más, sino hacer de la conciencia misma una droga y a través de ella acceder a la visión sin remanente de lo real, al gran sueño claro, al amor profético.
(¿Y si la conciencia – una conciencia semejante- fuera nuestro porvenir humano? ¿Y si, por un giro supletorio de la espiral, un día, resplandeciente entre los demás, desaparecida toda ideología reactiva, la conciencia se convirtiera finalmente en esto: la abolición de lo manifiesto y de lo latente, de la apariencia y de lo oculto? ¿Si se requiriera del análisis no ya destruir la fuerza (ni tampoco corregirla o dirigirla), sino solamente decorarla, como lo haría un artista? ¿Nos imaginamos que la ciencia de los lapsus descubra un día su propio lapsus y que ese lapsus sea: una forma nueva, inaudita, de la conciencia?) de Roland Barthes, Fragmentos de un discurso amoroso, pag. 67-68.